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El complejo fraterno.

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El complejo fraterno es un conjunto organizado de deseos hostiles y amorosos que el niño experimenta respecto de sus hermanos. Este complejo no puede reducirse a una situación real, a la influencia ejercida por la presencia de los hermanos en la realidad externa, porque trasciende lo vivido individual. También el hijo único requiere, como todo ser humano, asumir y tramitar los efectos generados por la forma singular en que este complejo se construye en cada sujeto.

La función sustitutiva del complejo fraterno se presenta como una alternativa para reemplazar y compensar funciones parentales fallidas. Freud la describe en Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916): “El chico puede tomar a la hermana como objeto de amor en sustitución de la madre, infiel”; “Una niñita encuentra en el hermano mayor un sustituto del padre, quien ya no se ocupa de ella con la ternura de los primeros años, o toma a un hermanito menor como sustituto del bebé que en vano deseó del padre”; “Entre varios hermanos que compiten por una hermanita más pequeña ya se presentan las situaciones de rivalidad hostil que cobrarán significación más tarde en la vida”. La sustitución puede también operar como función elaborativa del complejo de Edipo y del narcisismo y, por otro lado, como función defensiva de angustias y sentimientos hostiles relacionados con los progenitores pero desplazados sobre los hermanos.

La función defensiva del complejo fraterno se manifiesta cuando éste encubre situaciones conflictivas no resueltas. En muchos casos sirve para eludir y desmentir la confrontación generacional, así como para obturar las angustias. Con mucha frecuencia, los mismos padres provocan falsos enlaces entre los complejos paterno, materno y parental y el complejo fraterno y promueven competencias hostiles entre los hijos: dividen para reinar. De ese modo, interceptan entre la posibilidad de construir lazos solidarios de confraternidad entre los hermanos, para fundar entre ellos un poder horizontal que contraste y confronte precisamente el abuso del poder vertical detentado por los padres en la dinámica familiar. Los falsos enlaces originan múltiples malentendidos, que se presentifican también en la mitología y en la literatura; por ejemplo, en la obra teatral El malentendido, de Albert Camus.

El complejo fraterno ejerce una función elaborativa fundamental en la vida psíquica. Así como el complejo de Edipo pone límite a la ilusión de omnipotencia del narcisismo, el complejo fraterno participa en el desasimiento del poder vertical detentado por las figuras edípicas y establece otro límite a las creencias narcisistas relacionadas con las fantasías del “unicato”. El sujeto fijado a traumas fraternos permanece en una atormentada rivalidad con sus semejantes, que puede llegar a cristalizarse en la repetición tanática de “los que fracasan al triunfar”. En esta conducta no sólo actúan las culpas edípicas no elaboradas, sino también las culpas fraternas y narcisistas, con su necesidad de castigo consciente e inconsciente.

El complejo fraterno posee un papel estructurante y fundador en la vida anímica del individuo, de los pueblos y de la cultura, a través de la génesis y mantenimiento de los procesos identificatorios en el yo y en los grupos, en la constitución del superyó e ideal del yo y en la elección del objeto de amor.

En el historial clínico “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina”, Freud revela la importancia que ejerce la rivalidad fraterna en la determinación de la elección de objeto sexual y en el ámbito de la elección vocacional. Describe el “hacerse a un lado” como la manifestación de una rivalidad eludida, que se relaciona con la dinámica paradójica del doble, maravilloso y ominoso, resignificado a través del hermano.

Dice allí Freud: “Como hasta ahora ese ‘hacerse a un lado’ no se había señalado entre las causas de la homosexualidad, ni tampoco con relación al mecanismo de la fijación libidinal, quiero traer a colación aquí una observación analítica similar, interesante por una circunstancia particular. Conocí cierta vez a dos hermanos mellizos, dotados ambos de fuertes impulsos libidinosos. Uno de ellos tenía mucha suerte con las mujeres y mantenía innumerables relaciones con señoras y señoritas. El otro siguió al comienzo el mismo camino, pero después se le hizo desagradable cazar en el coto ajeno y ser confundido con aquél en ocasiones íntimas en razón de su parecido; resolvió la dificultad convirtiéndose en homosexual. Abandonó las mujeres a su hermano, y así ‘se hizo a un lado’ con respecto a él. Otra vez traté a un hombre joven, artista y de disposición inequívocamente bisexual, en quien la homosexualidad se presentó contemporánea a una perturbación en su trabajo. Huyó al mismo tiempo de la mujeres y de su obra. El análisis, que pudo devolverle ambas, reveló que el motivo más poderoso de las dos perturbaciones –renuncia en verdad– era el horror al padre. Esta clase de motivación de la elección homosexual de objeto tiene que ser frecuente; en las épocas primordiales del ser humano fue realmente así: todas las mujeres pertenecían al padre y al jefe de la horda primordial”.

Continúa Freud: “En hermanos mellizos, ese ‘hacerse a un lado’ desempeña un importante papel también en otros ámbitos, no sólo en la elección amorosa. Por ejemplo, si el hermano mayor cultiva la música y goza de reconocimiento, el menor, musicalmente más dotado, pronto interrumpe sus estudios musicales, a pesar de que desea dedicarse a ello, y es imposible moverlo a tocar un instrumento. No es más que un ejemplo de un hecho común y la indagación de los motivos que llevan a hacerse a un lado, en lugar de aceptar la competencia, descubre condiciones psíquicas muy complejas”.

En el “hacerse a un lado”, se reavivan entre los hermanos fantasías fratricidas, de excomulgación y de gemelidad. Fantasía esta última en la cual existe un solo tiempo, un solo espacio y una sola posibilidad para dos. Se instala así una relación donde un hermano ejerce un excesivo control y un poder de sumisión obsesivo y perverso sobre el otro. Al satisfacer sobre éste sus mociones agresivas se genera entre ambos un campo perverso en el que se reactivan las rivalidades edípicas pero también las fraternas, que no se trasponen entre sí. En cada una intervienen diferentes angustias, sentimientos de culpabilidad y fantasías, que suelen desplegarse, en ambos hermanos, bajo formas de protesta fraterna manifiestas y latentes.

En la protesta fraterna, uno de los hermanos manifiesta una agresión franca y un rechazo indignado hacia otro que, según él, ostenta un lugar favorecido e injusto. No oculta su hostilidad porque, desde la lógica de su narcisismo, la presencia del otro es vivida como la de un rival e intruso que atenta contra la legitimidad de sus derechos y a la vez resignifica el homo homini lupus (“hombre, lobo para el hombre”) que subyace en la vida anímica.

En las protestas fraternas circula una amplia gama de afectos, fantasías y poderes hostiles, no sólo desde el hermano mayor hacia el menor, ya que también éste acumula, en el tesoro mnémico de sus afectos, una intensa rivalidad hacia el primogénito, originada por la relación de dominio durante el período infantil entre ellos y por los sentimientos de culpa suscitados a partir de los pactos secretos que cada hijo establece con una o con ambas figuras parentales. Cada hermano, desde su diferente lugar en el orden de nacimiento, porta diversas protestas fraternas.

Recuerdo el reclamo de un analizante que ocupaba el lugar “hilvanado” del hermano menor en la constelación familiar: “Mi madre decía: ‘Al primero se lo borda, al segundo se lo cose y al tercero se lo hilvana’”. En la observación de niños en la vida cotidiana se comprueba que el anuncio del nacimiento de un hermano provoca una súbita, revulsiva herida narcisista, acompañada de encarnizadas protestas y rivalidades. Una niña de cinco años le advertía a su hermanita de dos, inmediatamente después de que la madre les había anunciado la llegada de una nueva hermanita: “Yo voy a ser siempre la más grande, pero vos ya no vas a ser la más chiquita”.

Una madre les anunció, a su hijo de ocho años y su hijita de dos y medio, que estaba embarazada de un nuevo hermanito. El hijo mayor exclamó con alegría: “¡Qué suerte! Voy a tener un hermano para jugar a la pelota”, mientras que la pequeña bajó su mirada y enmudeció. La madre dudó si la nena había comprendido: “¿Escuchaste bien lo que les dije? A ver, ¿qué tiene mamá en la panza?”. La niña, con voz grave, respondió: “Un tonto”. Después, cuando fueron a la clínica a ver al hermano recién nacido, la niña se acercó a su madre y le murmuró al oído: “¿Ya salió el hermanito? ¿Después lo ponemos adentro de vuelta?”.

* Miembro titular en función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Textos extractados del trabajo

“El complejo fraterno y sus cuatro funciones”.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-159921-2011-01-11.html

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