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Breve manual para robar libros y no sentir remordimiento

I.- ¿POR QUÉ ROBAR UN LIBRO?

(Parte deontológica en el fino arte del hurto a las librerías)

Un libro es como un hijo para quién lo ha escrito, el autor siempre se queja que cuando alguien roba su libro y no lo compra, él está perdiendo, pero desde el momento en que lo saca a la calle y lo pone a la venta, ese vínculo de consanguinidad literaria se rompe ¿Cómo puede alguien vender un hijo y rebajarlo con un descuento para lograr que se lo lleven? El libro es de quien lo lee, así sea transitorio y fugaz este elemental acto. La posesión bibliográfica es un derecho que legitima la forma en que se obtiene.

Nunca se debe robar un libro si no es para leerlo y darle una utilidad intelectual. Eso es lo que hace la diferencia entre un ladrón vulgar y un ladrón de libros. Aquel es visto con morbo por la sociedad en la nota roja de los periódicos cuando es atrapado por la policía, éste es juzgado exclusivamente por la historia.

Un ladrón de libros siempre es culto. Por eso el primer reto es saber qué libro robar. Nunca se deben escoger por ser los más fáciles o los más pequeños, porque estén a la mano o porque tengan el precio más caro, no, entre el libro y quien lo roba debe existir una relación directa e inequívoca de necesidad: Una necesidad académica (para preparar un examen o aprobar un curso), una necesidad intelectual (para tener derecho a participar en una tertulia, en una buena conversación, en un debate escolar), una necesidad emocional (hay libros, como las mujeres, que desde la primera vez que los miras te llaman la atención) o bien una necesidad sentimental (para poder ganarse el beso impoluto de la mujer pretendida) aunque esto sólo se aplica en los libros de poesía.

De ahí que lo peor que le pueda ocurrir a una librería es ser visitada frecuentemente por un joven, escaso de dinero, basto de emociones y con unas ganas inmensas de amar y leer.

Hay un código no escrito que tuvo auge en la primera mitad del Siglo XX, establece que no hay que sustraer ningún libro de aquellas librerías que acaban de abrir sus puertas, por lo menos en los primeros doce meses en tanto recupera el capital invertido; a esa acción se le conoce en el argot de los ladrones de libros como “año de gracia”. Por el contrario, cuando las librerías cumplen una década, cincuentenario, centenario, sesquicentenario o celebran cualquier jubileo, sus libros son cotizados altamente en este ambiente.

Ese código también establece: Nunca robes un libro de texto gratuito ni te burles de un librero cuyo negocio has visitado varias veces. Nunca platiques tus actividades después de 10 años. Nunca robes por encargo. Nunca robes un segundo libro si no has acabado de leer el primero.

II.- ¿CÓMO ROBAR UN LIBRO?

a) SOLITARIAMENTE.- Son tres las palabras que la escuela clásica recomienda tener presente a los iniciados en esta materia: serenidad, prudencia y habilidad. Aunque hay una corriente contemporánea (conocida como escuela urbana o escuela del profesor Enrique) que añade un cuarto elemento: Cinismo. Lo cierto es que más de un neófito que no ha tomado en cuenta estos puntos, ha ido a parar a la Comisaría. El ladrón de libros debe ser superior siempre a los ojos del policía, de la persona que atiende tras el mostrador, de la cajera, e incluso de las cámaras filmadoras. Desde el momento en que entra a la librería y sabe su propósito, debe saberse superior psicológicamente a todos los que están dentro.

Nunca se debe robar en la primera vez que se visita una librería. Si se logra hacer es suerte, no es técnica, y un buen ladrón de libros no depende del azar.

La “naturalidad” que muchos llaman “sangre fría” es una cualidad genética que no se aprende robando libros de teatro o de política para leerlos; sin embargo controlar los nervios cuando se está frente al dueño del establecimiento o al pasar junto al policía también es una cuestión de disciplina mental.

b) EN CONJUNTO.- El hurto organizado es válido pero demerita mucho la obtención natural del libro. Un buen ladrón, aún en sus peores épocas de estudiante, nunca robará acompañado.

Si se recurre a este método, uno hará el trabajo y el otro servirá como señuelo o “factor de distracción”. Sólo se requiere de coordinación y adoctrinamiento previo, sobretodo cuando uno de los dos que participan está en su camino iniciático y siente “pánico escénico” o se le nota obnubilado. Portando la ropa adecuada, un libro puede ser ocultado en 2 segundos, de acuerdo al estándar internacional aprobado allá por la década de los sesenta.

En cuanto a jurisdicción o competencia, afortunadamente las librerías no son territorio de nadie y el libro es de quien llega primero a él.

III.- ¿DÓNDE ROBAR UN LIBRO?

a) LIBRERÍAS.- Son los lugares idóneos. Toda librería tiene siempre un “lado débil” o “punto ciego”, en las primeras incursiones se debe encontrar este “punto ciego” y lo demás es cuestión de seguir el procedimiento. Cuando el librero está a la ofensiva y tiene experiencia en el contra ataque, pondrá un rincón aparentemente no vigilado, a manera de trampa o “caza-bobos” para que el novato sea presa de su propia inexperiencia.

Es necesario, para “legitimar” la constante presencia en las librerías y no despertar sospechas entre los empleados, adquirir de vez en cuando un ejemplar, siempre de bajo costo. La antigua recomendación que daban los grandes maestros es a razón de un libro comprado por cada cinco libros robados. Esta proporción nunca fue aceptada por las siguientes generaciones.

b) BIBLIOTECAS DE AMIGOS, PARIENTES Y CONOCIDOS.- Lo difícil aquí es encontrar alguien que tenga una biblioteca con buenos libros. Generalmente se les da por comprar sólo enciclopedias y colecciones de mal gusto que nunca leen. Como dijo Emilio Abreu Gómez, gran maestre de la Orden de Visitadores Nocturnos de Bibliotecas, a su paso por las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria: “El mundo está lleno de libros malos que parecen buenos”. En el caso de las bibliotecas que tienen en su despacho los abogados, generalmente están llenas de libros que compraron durante su carrera y que nunca vuelven a consultar, de tomos de jurisprudencia y leyes que no siempre están actualizadas.

c) BIBLIOTECAS PÚBLICAS.- Aunque pareciere la excepción de la regla, las bibliotecas públicas requieren de un minucioso examen previo, no tanto por las medidas de seguridad (que siempre son deficientes en todos los edificios del gobierno) sino para justipreciar la verdadera necesidad de sustraer el libro. Cuando un buen libro nunca es consultado por los usuarios y permanece como invitado desconocido en los libreros, está pidiendo a gritos que se lo lleven. Un libro fallece cuando permanece estático como simple adorno.

d) FERIAS DE LIBROS.- Cuando raramente se organiza una buena feria, se deberá aprovechar las horas de mayor concurrencia, utilizando por lo general la técnica del “deslizamiento de mano” que por no ser visual, confunde a los que vigilan y facilita la tarea. El desorden natural en la organización de todas las ferias de libros en México, genera las condiciones óptimas para incrementar el haber. Un librero siempre perderá ante una multitud que pide, pregunta, hojea, toca y compra al mismo tiempo.

IV.- ¿CUÁNDO HAY QUE DEJAR DE ROBAR?

La teoría y los viejos cánones señalan que en el fin de la carrera está la consagración, es decir, todo buen ladrón de libros se retira cuando ya percibe un ingreso que le permite comprar una obra, o cuando no teniéndolo aún, ya no siente la necesidad de que se habló en el punto uno de este documento.

A lo largo de la historia se ha visto que esto no siempre es posible, porque hay algo que no tiene que ver con el ingreso económico. La necesidad de robar se puede volver una adicción y eso siempre genera problemas. Un buen ladrón de libros no se junta con un bibliocleptómano, pero es su deber ayudarlo en su readaptación, si fuere requerido para ello. Se sabe que a la fecha se han readaptado profesores, escritores, investigadores, jueces y abogados que hoy gozan de prestigio en su profesión, y que antaño fueron jóvenes talentos en el latrocinio a librerías.

Cabe señalar, aunque no venga al caso, que un ladrón de libros no es amigo de aquellos que piden prestado un libro y dolosamente no lo devuelven. Esa manera de adquirir libros es mal vista en este ambiente. No devolver un libro que se pide o se ofrece es un absurdo que pone en evidencia al que abusa de la confianza.

V.- ¿CÓMO CURARSE DE LA BIBLIOCLEPTOMANÍA?

Robar libros nunca debe confundirse como un entretenimiento, una prueba de valor personal, un negocio o motivo de apuesta. Provocado por una necesidad intrínseca, se convierte en arte, nunca en enfermedad. Cuando una persona no puede contener su impulso de hacerse de libros, debe curarse, sometiéndose a un tratamiento de acuerdo a los siguientes pasos:”

“1er PASO. Identificación del enfermo- Es aquel que no respeta los devocionarios de su abuelita, la Biblia abierta que se queda entre misa y misa sobre el atril de la iglesia, ni el librero de su mejor amigo. Ha perdido de vista el fin moral de la lectura.

2º PASO. Aceptación de culpa.- El bibliópata debe aceptar su enfermedad y estar dispuesto a su rehabilitación. A los ojos de su biblioterapeuta, él tiene un padecimiento hasta en tanto no demuestre lo contrario.

3º PASO. Aislamiento riguroso.- El paciente debe ser aislado de cualquier contacto con librerías, bibliotecas, puestos de periódicos e incluso de los cafés que exhiben revistas para los comensales. Un bibliópata desenfrenado es capaz de llevarse las revistas atrasadas de espectáculos que se leen en las estéticas y peluquerías.

4er PASO. Individualización del método.- Las terapias grupales nunca fueron buenas, el tratamiento es persona a persona, cara a cara, por lo menos mientras dura la cuarentena.

5º PASO. Esterilización del sitio.- Contrariamente a lo que todos suponen, la rehabilitación no debe llevarse a cabo en aquellos lugares donde se expendan bebidas alcohólicas, cualquiera que sea la denominación que adquieran estos sitios: bares, cantinas, antros, peñas, pulperías, vinaterías, tascas, tabernas o mezcalerías. La desvergüenza que en juicio se recrimina, en un par de horas con el alcohol se puede convertir en una verdadera hazaña.

6º PASO. Sentido de la terapia.- La carga ideológica debe ir encaminada a resaltar la utilidad de un libro para la colectividad, la adrenalina del robo debe ser sustituida por la piedad literaria, la congoja editorial o el arrepentimiento.

7º PASO. Regresión natural.- Un paciente, a punto de superar el tratamiento, no puede ser obligado a devolver los libros que forman parte de su haber. Estos son equiparables a insignias de batallas libradas y desprenderlo de estos sería tanto como echar al paciente en un vacío existencial de su juventud o adolescencia.

8º PASO. Convencimiento que todo es por el arte.- Es saludable que el bibliocleptómano esté convencido que con su tratamiento no se pretende la devolución de los libros o el ofrecimiento de una disculpa pública a manera de expiación, sólo se trata de rescatar el arte en este oficio furtivo para que la tradición no se desvirtúe. No habrá recaída que valga si se está convencido de ello.

Ante los tratamientos que parecen imposibles, es válido recurrir a nigromantes o hechiceros para lograr una cura total. Hasta donde se sabe, no existen amuletos que conjuren este vicio.

Para los creyentes, existe una oración impresa sin licencia eclesiástica, atribuida al Papa Pío VII, que a principios del siglo pasado los frailes carmelitas distribuían en las cárceles para que todos los que estaban recluidos por hurto de misales, libros de coro, cuadernos o pergaminos, pudieran rezarla tres veces al día después del Ángelus; la leí muchas veces cuando era niño, fue cuando mi abuela me contó que su hermano estuvo preso en los tiempos del gobernador García Vigil en la cárcel del antiguo convento de Santa Catalina, que hoy es un hotel; la oración dice más o menos así:

“Oh Señor, por tu grandísima misericordia perdona mis debilidades, ata mis manos y cierra mis ojos para que no sean ocasión de pecado y yo respete todo aquello que quiero tener pero que no me ha sido dado en el mundo; dame sólo lo que mis ojos sean capaces de leer sin cometer pecado, purifica mi espíritu como lo hiciste con el buen ladrón, que en el patíbulo alcanzó la salvación a través del arrepentimiento y…ta ta tá ta ta tá. Amén”

Según mi abuela, después se debían rezar 3 Aves Marías, un Yo pecador y un Gloria, hasta donde alcanzo a recordar.

VI.- ¿QUÉ HACER CON LOS LIBROS?

(La fatalidad de la obra hurtada)

Acerca de aquellos que los terminan devolviéndo.- Cuando el sol de la vida está por ocultarse hay quien habiendo dejado el ego intelectual muy atrás, decide regresarlos. Hubo un caso en 1985, días antes del terremoto, en la antigua calle de República de Argentina y Justo Sierra en la ciudad de México, una mañana se presentó en la librería Porrúa un anciano, se quitó el sombrero, puso sobre el mostrador una bolsa de cuero, saludó, dijo su nombre completo y teniendo en frente al gerente le dijo a secas “vengo a devolver estos libros que me robé de aquí hace 55 años”

Acerca de aquellos que los conservan.- Hay en cambio otros que se aferran a ellos, nunca los prestan, cuando los vuelven a leer no les doblan las esquinas de las hojas ni los subrayan, van de un lado a otro junto a ellos en sus mudanzas, más que la vajilla de plata, las copas de cristal de baccarat, la cama o los sillones de la sala, les interesa que lleguen bien los libreros y no se pierdan los libros.

Acerca de aquellos que los regalan.- Hay otros que los regalan, se van desprendiendo de ellos poco a poco, les van diluyendo el afecto y si los prestan nunca reclaman su devolución; los ven como algo cada vez más lejano conforme pasa el tiempo hasta que de esos libros no se vuelve a saber nada.

Acerca de los libros que terminan regresando solos.- No sé si me crean, pero hay libros que cuando nacen (quiero decir, cuando salen de la imprenta) ya traen un destino, una fatalidad, una predestinación, un fatum. Tarde o temprano tienen que encontrarse con su lector, que no siempre es su dueño; así, hay libros que se pierden, se olvidan en un lugar, se extravían en el tiempo, y sólo aquellos a los que me refiero vuelven a casa (quiero decir, a las manos de su lector), de muy extrañas formas, no se sabe cómo pero vuelven. Nadie debería dudar de esta certeza.

Un domingo fui al mercado de la lagunilla en el centro de México, tras andar curioseando terminé comprando un calendario del más antiguo Galván del año 1969, porque extrañamente ahí viene la predicción sobre el arribo del hombre a la luna; el vendedor no tenía cambio y a cuenta me dio un librito muy viejo de pasta dura y lomo de piel.

El libro era “Tratado para la conservación de la planta del café”, en el interior tenía pegados dos ex libris con iniciales diferentes y en otra hoja venía estampado un sello ¿Quién de los tres había sido el primer dueño? ¿Quién lo robó, quién lo regaló, quién lo vendió a quién? En la última hoja, un nombre manuscrito en tinta sepia que me era familiar, arriba de la inscripción: “Finca Las Flores, Pluma Hidalgo, Oaxaca, año de 1904”. Era mi bisabuelo y era el año en que falleció.

No sé cómo llegó hasta el mercado de la lagunilla tantos años después, pero volvió a mi, por eso sé que aunque se vayan, hay libros que siempre terminan regresando”.

By: Ivan fidovorich Taringa.

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