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Tratamiento psicomagico de las psicosis.

Apéndice. La psicomagia: poesía aplicada al tratamiento de la locura. 

Como los métodos de contención de la psicosis se han mos­trado radicalmente represivos, deshumanizantes, insatisfactorios en sus resultados clínicos y han provocado efectos secun­darios importantes, una de las preguntas que nos formulamos como terapeutas de las psicosis es qué tratamiento emplear pa­ra que la persona no sea afectada por los tratamientos electroquímicos aplicados en ciertos casos agudos y crónicos. ¿Cómo restaurar los lazos entre el sujeto y la realidad, bloqueados en la psicosis, sin que el sujeto pierda la memoria, la psicomotricidad, o la imaginación?

Como en los antiguos lugares de adivinación de Delfos o de Dandará, y asemejándose a los tratamientos que se practicaban en los templos de Asclepio, el sanitarium de Georg Groddeck o los tratamientos de Alejandro de Tralles, la psicomagia supe­dita la razón a la imaginación: la solución viene dictada por el síntoma de la locura, y es en esa dirección en la que la cura desplegará sus velas; sobre todo si tenemos en cuenta que en griego «síntoma» significa coincidencia (symptoma). En vez de reprimir o tratar de eliminar los síntomas alucinatorios o per­secutorios, la psicomagia encuentra en la metáfora delirante una vía de curación del inconsciente, y a través de actos poéti­cos la lleva a la realización simbólica. En este dominio, los sue­ños suelen ser muy importantes. Por ejemplo, en la Antigüedad, Asclepio dejaba una carta cada vez que aparecía, y esta carta se constituía en la clave de lectura de la enfermedad, que permitiría curarla. Empédocles podía, a través de metáforas mágicas, detener los vientos, causar o parar la lluvia; también él curaba a través de actos que hoy podrían ser calificados de chamánicos.

Ya que el síntoma en la enfermedad es un ensayo de cura­ción, el delirio en la psicosis es un intento para restablecer los lazos con la realidad. La psicomagia creada por Jodorowsky ex­trae sus métodos de antiguas y eficaces formas de curación vin­culadas con la magia, de innovadoras y modernas teorías psicológicas del inconsciente, y utiliza las más variadas técnicas del arte de vanguardia calificadas como efímeros, happenings, instalaciones, performances, etc., artes cuyos orígenes se re­montan a siglos atrás: Diógenes paseándose desnudo con una lámpara por Atenas, Sócrates entrando de espaldas a un ban­quete para que no se advirtiera que llegaba tarde, Empédocles caminando con sandalias de oro, los monjes taoístas durmien­do con la cabeza hacia el suelo para acumular esperma en la mente y poder volar, los sacerdotes de Babilonia salpicando a los fieles con el agua contenida en un jarro con forma de seno de la divina Isis. Todos, desarrollos libres de la imaginación pa­ra poder habitar el mundo en forma poética, es decir, que lo­gran unir la razón con la imaginación y la intuición.

Hablamos de magia porque las leyes de la magia son las mismas que rigen el inconsciente: la metonimia y la metáfora. La primera ley es la de contigüidad, en la cual la parte se iden­tifica con el todo; la segunda es la de similitud, en la cual lo parecido actúa sobre lo similar. Al crear un acto psicológico, estamos ocupando el lenguaje del inconsciente. Magia, psicoa­nálisis y poesía.

Numerosas tentativas en el tratamiento de la locura pueden demostrarnos que la psicomagia -sin que hubiera sido aún nombrada como tal- había comenzado a ejercer sus beneficios hace ya miles de años. Y es que la historia se escribe a veces de una manera retroactiva; así, sólo después de la invención por Freud del psicoanálisis, nosotros podemos encontrar a sus pre­cursores, tales como Nietzsche, Sócrates o algunos filósofos es­toicos, si bien esta lectura comparativa sólo es posible a partir de la creación freudiana de tal técnica. Jodorowsky, al inventar la psicomagia, da un nombre y funda una técnica que ha conoci­do muchos logros terapéuticos a lo largo de los siglos, pero que antes de él no podíamos distinguir, al no tener ésta un hilo con­ductor que la caracterizara. La psicomagia viene a recobrar un dominio perdido: la colaboración estrecha entre la terapia y el arte.

Los alienistas no han cesado de buscar los posibles vasos co­municantes entre las artes y la terapia para establecer un mé­todo de tratamiento. Es así como en los primeros centros tera­péuticos de la psicosis, conocidos en Bagdad en el siglo V, se asociaban la música y otras artes a la sanación. También en la Biblia existen numerosos ejemplos de curaciones a través de métodos que hoy pueden calificarse de actos de psicomagia: David curó a Saúl de un estado delirante tocando su arpa, Je­sús hizo que un ciego recuperara la vista untándole los ojos con saliva y arcilla.

Melampo, terapeuta griego, curaba la locura de las mujeres dionisiacas de Argos por medio de gritos rituales, danzas ca­tárticas y otros actos que han quedado registrados en la histo­ria. Marcel Mauss cuenta también la curación de Ificlo por Me­lampo: Fílaco, padre de Ificlo, deja descuidadamente junto a su hijo un cuchillo ensangrentado mientras castra a un carne­ro. Ificlo huye asustado y deviene estéril a causa de ello. Me­lampo lo cura haciéndole lamer durante diez días el óxido del cuchillo encontrado en el árbol donde Fílaco lo había clavado al ver huir a su hijo. Aquí vemos cómo el síntoma se había pro­ducido por la identificación de Ificlo con el carnero castrado. Melampo es capaz de curarlo haciéndole incorporar el ele­mento temido y transformándolo en aliado. Placitus  Sextus, médico latino del siglo IV, sostenía que un buen tratamiento para la fiebre era preparar una pócima disolviendo una astilla de una puerta por la que acabara de pasar un eunuco. Marce­lo Empírico, para extirpar los abscesos del ojo derecho, los to­caba con tres dedos de la mano izquierda mientras tosía repi­tiendo tres veces: «Las mulas no traen criaturas al mundo, ni la piedra produce lana; que tampoco esta enfermedad culmi­ne, pero si lo hace, que se marchite». Otra prescripción oftal­mológica característica de su libro De medicamentis  empiricis afir­ma: hay que pintar de blanco una araña de patas muy largas y machacarla en aceite. Esta pócima quita los puntos blancos de los ojos si se la usa con asiduidad, debiendo prepararse una buena cantidad con bastante aceite para que no se acabe antes de terminar la cura.

Varios ejemplos en la Antigüedad dan testimonio de opera­ciones mágicas basadas en la identificación, en la simpatía en­tre los objetos: una gota de sangre sobre una fórmula mágica cierra una herida; un dibujo que represente a un perro con las cuatro patas y el hocico encadenados sanará la rabia. También hay operaciones mágicas colectivas, antecedentes de lo que Jodorowsky denomina hoy «psicomagia social». Es el caso por ejemplo de los amuletos públicos que existían en Egipto. Para inmunizarse de las picaduras de las serpientes o de los escor­piones, se erigía en un lugar público una estatua de una divi­nidad cubierta de inscripciones mágicas, se le agregaba un chorro de agua desde la cabeza a los pies y luego se bebía ese líquido recogido al pie de la estatua.

Numerosos son los casos de curación de locos, a través de ac­tos, llevados a cabo por Alejandro de Tralles, eminente médico bizantino. Curó una vez a un delirante que pensaba que no te­nía cabeza haciéndolo llevar sobre ésta un sombrero de plomo, y a un hombre que no podía orinar porque pensaba que si lo hacía el mundo entero se inundaría, diciéndole que había un gran incendio en las tierras que hoy ocupa Europa, y que sólo se podría extinguir si él orinaba. A una paciente que pensaba que tenía una serpiente dentro de su estómago que no la deja­ba alimentarse le pidió que invocara a la serpiente, dándole un vomitivo. Mientras ella vomitaba, él, rápidamente, lanzó una culebra que hizo creer a la mujer que el reptil había salido de su vientre.

También la sabiduría popular cuenta con remedios para tratar cierto tipo de complicaciones. De estos procedimientos subsiste, por ejemplo, en muchos países, el hacer pasar a un ni­ño que tenga una fractura por la grieta de un árbol expresa­mente hendido, y ésta después se ha de unir y curar.

La psicomagia aporta una ayuda fundamental y un método radical en la psicoterapia de la psicosis. Ella favorece que el su­jeto vuelva a interesarse por el mundo y recree una relación esencial con su entorno, gracias a la irrupción fulgurante de la poesía, diálogo perdido tras la crisis inicial psicótica, ya que la locura implica la ausencia de creación. Los actos simbólicos provocan que el sujeto desbloquee sus mecanismos de defen­sa psicóticos y los ponga al servicio de la belleza. Un acto psi­cológico, acompañado de un cuadro psicoterapéutico adecua­do, puede facilitar que el sujeto salga de su bloqueo afectivo, y de su actividad psíquica autoerótica, para volver a dirigir su in­terés hacia los otros. En algunos casos de autismo, donde ja­más ha habido comunicación con los demás, ciertos actos rea­lizados por las familias de los implicados pueden lograr que el sujeto enfermo comience a salir de su encierro y acceda al len­guaje, el cual le estaba prohibido por algún secreto familiar que puede remontarse hasta a tres generaciones. En los siguientes casos clínicos que hemos seleccionado, podremos apreciar có­mo los actos psicomágicos han podido canalizar las angustias más primitivas, desbloquear las inhibiciones más profundas y contener los síntomas psicóticos más agresivos y desestructu­rantes. A veces podemos decir que la psicomagia ha actuado con una fuerza atómica que sobrepasa la cura de electrochoques o de coma insulínico. Son los primeros casos de una he­rramienta terapéutica fundamental, en los cuales la sola pala­bra no es suficiente. El acto psicomágico prepara el camino a la palabra, reintroduciendo la poesía en la existencia del suje­to, como un rayo de imaginación que penetra en las tinieblas de la descomposición mental.

1. Una persona se queja de que no puede dormir desde ha­ce meses, ya que piensa que su almohada está habitada por cu­carachas que le comen sus pensamientos. Ante tal temor no puede apoyar la cabeza en la almohada ni conciliar el sueño, lo que le produce una insoportable angustia de desintegración psíquica. Le proponemos que compre verdaderas cucarachas y que las ponga sobre su almohada durante una noche. A la no­che siguiente debe reemplazar por cucarachas de plástico las reales. A la tercera noche debe apoyar su cabeza en una almo­hada en cuya funda estén impresas imágenes de cucarachas. Al cuarto día debe volver a dormir con su almohada normal… Después de una semana de indagaciones y venciendo las resis­tencias que tenía, lleva a cabo el acto prescrito, y desde enton­ces cesan sus temores y puede conciliar el sueño.

En este acto, yendo en el sentido inverso del síntoma, he­mos hecho aparecer los bichos temidos, sacándolos de lo ima­ginario para hacerlos reales. Luego, poco a poco, hicimos que las cucarachas fueran desapareciendo, retornándolas de lo real a lo imaginario, al igual que los temores del consultante.

2. Un adolescente de 14 años fue hospitalizado en un servi­cio de psiquiatría. Se le diagnosticó esquizofrenia catatónica paranoide. Su delirio consistía en no querer crecer, y se arran­caba el vello que le estaba saliendo mientras permanecía frente al espejo haciendo extrañas contorsiones y muecas con su cuerpo. Se arrancaba los pelos del bigote, la barba, las axi­las, el pubis, no sin gran dolor y sangre de sus heridas. El equi­po de profesionales decidió aplicar un tratamiento con neurolépticos (antipsicóticos), y probó más tarde el electroshock cuando éstos se mostraron ineficaces. El nuevo tratamiento só­lo logró «embrutecer» al paciente y hacerle perder algunas fa­cultades cognitivas. El delirio manifestaba ser más fuerte que los tratamientos de la psiquiatría clásica. El adolescente parti­cipaba en un taller de poesía. Continuamente se le prestaban libros que desde luego perdía sin acordarse apenas de cuál ha­bía sido la impresión de su lectura, en gran parte debido al electroshock que por entonces se le suministraba dos o tres ve­ces por semana. Como era el menor del pabellón, todos (psi­quiatras, psicólogos, enfermeros, internos) se preocupaban mu­cho de su trastorno. Un día le hicimos llegar el libro de Osear Wilde El retrato de Dorian Gray, cuya trama trata de un individuo que no quiere envejecer. Unos días después de haber leído el libro, se pide a la familia que le compre tela, pinturas y todos los implementos necesarios para que el joven pinte su auto­rretrato. Al terminar el retrato, debía escribir al pie: «Aquí es­tá mi retrato que no envejecerá… Ahora yo puedo crecer tran­quilo». Al mes siguiente fue dado de alta, y si bien continúa con controles mensuales en el hospital, pudo volver al colegio, que había abandonado un año antes de su hospitalización. Actualmente sigue pintando, y ha terminado sus estudios.

En este caso vemos cómo el sujeto, a través del acto psico­lógico, se identifica con el personaje que no envejece, logran­do a través de esta ficción poética volver a habitar el mundo.

3. Un guarda de un taller de reparación de automóviles, al acercarse a los 50 años, comenzó a sufrir una angustia consi­derable, un total abatimiento psíquico y físico que lo anulaba como sujeto, y otros síntomas propios de una potencial psico­sis en vías de actualizarse. La única actividad que parecía a ve­ces interesarle era jugar con unos alambres haciendo figuritas. Hablando con él, nos dimos cuenta de que había practicado ese juego desde muy pequeño. Como toda la gente a su alre­dedor consideraba absurda esa actividad en un hombre ya adulto y padre de familia, le habían prohibido tal ocupación. Le propusimos que la retomara e ignorase las críticas de los de­más, ya que era la única labor que lo mantenía interesado y li­gado a la vida, sin la cual seguramente se habría suicidado o habría sucumbido a una crisis psicótica. Le indicamos que diariamente inventara una nueva figura de alambre. En un pri­mer momento debería regalarlas. La producción de estos «pe­queños juguetes imposibles», como él los llamaba, aumentó exponencialmente, y comenzó a repartirlos entre la gente que visitaba el taller donde trabajaba. Sus angustias fueron dismi­nuyendo al cabo de los meses. En vista de la evolución, le pro­pusimos que como pago por las pequeñas figuritas «imposi­bles» -cuya descripción presentaba como desafío a la gente-, comenzara a pedir el alambre que necesitaba para seguir creando. Entró así en una nueva relación simbólica con el mundo, relación que, en un momento anterior, él y los demás habían creído perdida irremediablemente. Hoy, es un hombre alegre y muy sociable. Gran parte de su angustia ha desapare­cido.

El proceso activo de creación reactiva en este caso el deseo en el sujeto, quien, siguiendo nuestra indicación, comienza a vender las figuritas de alambre, convirtiéndose en un artesano muy cotizado en su medio. Logra así superar las prohibiciones de su círculo familiar, y realiza un deseo infantil, que se transforma en el puente entre los otros y su mundo interior. Fren­te a la angustia de perder para siempre la unión con el mun­do, ese puente pudo reconstruirse, gracias a esta actividad artesanal inducida por nuestras indicaciones psicomágicas.

4. Una joven de 16 años había perdido la audición y los exá­menes médicos practicados no revelaban ninguna lesión. Sus padres nos consultan desesperados sin saber qué hacer por su hija. Asombrados, oímos que el padre es pianista y la madre cantante de ópera. Nos damos cuenta de que su hija había op­tado por la sordera, al sentirse marginada de la música que sus padres adoran. Se aproximaba el cumpleaños número 17 de su hija, y su familia no sabía qué hacer para esta fecha. Ante la in­quietud de los padres, les planteamos un acto: debían acudir a un artesano que les enseñase a fabricar pendientes. Luego, durante 16 días, realizarían dos aros con forma de clave de sol. El día del cumpleaños de su hija (17 días después de comenzar a hacer los aros, que equivalían a los 17 años de vida de la mu­chacha) debían regalarle los pendientes colocando la madre uno de ellos en la oreja izquierda y el padre otro en la dere­cha. Así lo hicieron, y su hija recibió feliz y contenta los pre­sentes, y nos vino a visitar portando los aros cual dos talisma­nes. Lentamente ha ido recuperando la audición. Incluso ha comenzado a comprar discos de música… y los escucha, a ve­ces junto a sus padres.

En este caso vemos la negación de unos padres a que su hi­ja acceda al mundo de la música (reservado sólo para ellos, como profesionales). Habían privado a su hija de participar de su deseo y de identificarse con la sublimación de los padres: es­ta prohibición genealógica hizo que su cuerpo respondiera con una sordera. Al aceptar los padres el hecho de que su hija (so) portara la música en sus oídos, ella pudo recobrar la audi­ción.

HOSPITAL DE DIA

5. Una paciente cree ser perseguida por el espíritu de su ex amante. Sufre una crisis, y en su delirio comienza a elaborar una especie de pequeños libros hechos con pelos de su pubis, nai­pes, fotos, uñas, sangre y otros elementos corporales. Su familia se siente obligada a llamar a una ambulancia ante lo extraño de tal situación, y ella misma relata este episodio con una sensación de extrañeza total, calificando ese momento de «completamen­te delirante». Tuvo que ser hospitalizada unos días. Como ese fantasma comenzaba a reincidir, le advertimos que la crisis po­dría reaparecer si no tomábamos medidas psicomágicas.

Le proponemos repetir el momento del delirio -prescrip­ción del síntoma antes de que se produzca, para así controlar­lo-, que reprodujera la elaboración de los libros y todos los ri­tuales delirantes que había vivido, una vez al día durante 10 días (el tiempo que había durado su último ataque), pero esta vez tenía que filmarlo y enviarlo a la persona que ella creía que la perseguía.

Desde que lo hizo no ha vuelto a tener esos temores paranoides, y se ha dedicado, cada vez que algo la inquietaba, a ha­cer filmes en escenarios que reflejan sus temores. Ella ha pasa­do de ser «víctima» de sus temores a representarlos en escena, haciéndose así activa y responsable de su propio devenir.

7. Un hombre de 28 años vivía desde hacía diez años en hos­pitales psiquiátricos. Su diagnóstico era de esquizofrenia paranoide y, su síntoma principal, que escuchaba voces. A los mé­dicos que lo trataban no les interesaba el contenido de las voces; se contentaban con administrarle medicamentos para que las voces desaparecieran, cosa que nunca se logró. Sin em­bargo la angustia de desintegración, los manierismos esquizoi­des y la manía persecutoria aumentaban. Lo conocimos en ese entonces, cuando nadie en el sector de la psiquiatría sabía qué hacer con él. Organizamos un taller de voz para él y otros es­quizofrénicos que sufrían escuchando voces. Nuestra idea era que pasaran, de meros sujetos pasivos «sufrientes» de la psico­sis, a ser activos, actores inspirados de sus propios miedos. Es­ta persona escuchaba constantemente las voces de los perso­najes de dibujos animados que había visto en su niñez. Le propusimos que una vez al día, durante un año, se vistiera con las ropas de cuando era niño, e imitase ante un micrófono las voces de sus personajes persecutorios.

Para él no se trataba de imitar, sino verdaderamente de en­carnar a estos personajes. A veces se entregaba a la repetición de esas voces que lo amenazaban con mucho dolor y dificul­tad. Poco a poco fue identificando a los distintos personajes que hablaban en su cabeza y, a medida que comenzaba a nom­brarlos, la experiencia se hacía más alegre y gozosa. A los ocho meses el hospital decidió darle el alta, pero en cada revisión nos recitaba las voces de aquellos personajes, expresando una alegría y libertad sin límites. Hasta el momento no ha necesi­tado volver a ser hospitalizado, está casado y trabaja; su princi­pal distracción es grabar las voces que él «escuchaba cuando era niño» y mostrárselas a sus amigos.

8. Una mujer presiente que pronto va a morir, que la persi­guen por la calle para envenenarla o estrangularla. Nos cuen­ta que su hermana, que se llamaba como ella, había muerto estrangulada cuando aún era bebé mientras su madre ofrecía una fiesta a sus amigos. Viendo en ese acontecimiento el ori­gen de sus temores, le proponemos el siguiente acto: debe ves­tirse de bebé y ofrecer una fiesta a la que deben acudir sus pa­dres, al igual que en la fiesta donde murió su hermana. Cuando todos los invitados estén presentes, debe leer el acta de su propia defunción, decirles a sus padres que le quiten el collar que llevará puesto esa noche (ella siempre usa collares muy apretados en torno al cuello), y lanzarlo a las llamas de la chimenea. Luego debe bañarse con agua bendita -su familia era muy católica- y reaparecer en la fiesta vestida con otra ro­pa, leer su acta de nacimiento con un nuevo nombre, y bailar en la fiesta junto a sus invitados.

Al realizar este acto la persona no solamente se liberó de sus miedos, sino que esa misma noche encontró -con su nue­va personalidad- al que es ahora su marido.

9. Una persona que no podía tener relaciones sexuales des­de hacía años pensaba que «extrañas voces como agujas» pe­netraban los poros de su piel. No podía tomar el metro ni nin­gún transporte público por miedo a que las «ondas cerebrales» de la gente la penetraran, provocándole un dolor agudo. Des­pués de un tiempo de tratamiento sin que los síntomas mejo­raran, muere su padre. A los pocos meses ella se acuerda de que su madre, quien hasta ese día ejercía un poder total sobre su hija, le había dicho cuando era niña que ella podría penetrarla «con una aguja» para desflorarla. La paciente queda en un estado semiletárgico después de la aparición de tal recuer­do. Cuando recupera la consciencia, le prescribimos el si­guiente acto: debe fabricar durante la siguiente luna llena un objeto de arte en el que se vean distintos tipos de vaginas pe­netradas por agujas. Luego debe regalárselo a su madre, y nun­ca más volver a verla. Para nuestra sorpresa y su bienestar, ella realizó el acto inmediatamente, porque se acercaba la luna llena (que simboliza a la madre). Diseñó objetos que representa­ban múltiples vaginas, de niñas y adultas, penetradas por agu­jas de todos los tamaños y formas. Agujas que también podían ser voces o miradas. Se lo dio a su madre al día siguiente y nun­ca más ha vuelto a verla. Desde entonces no ha vuelto a tener problemas para utilizar los transportes públicos ni para tener re­laciones sexuales y ha conocido el orgasmo.

10. Un joven viene a consultarnos porque le transpiran y le tiemblan las manos, lo que no le permite estrechar la mano de la gente, dificultándole enormemente la vida, lo cual le ha lle­vado a intentar suicidarse. Me cuenta que sus padres lo obli­garon de niño a usar guantes, incluso en verano, como castigo a un robo que había cometido. Le decimos que le robe un guante a su padre y otro a su madre, que los utilice durante un mes en verano y estreche la mano a toda la gente con los guan­tes puestos; también le indicamos que después los queme, ha­ga una crema con las cenizas y se unte las manos con ella todas las mañanas durante un año. Así lo hizo, y desde entonces no ha vuelto a tener tales problemas.

11. Una paciente dice estar «poseída por una imagen negra, una sombra» que la persigue. Nos cuenta que la relación con su madre es desastrosa, pues desde su infancia le ha oído decir que es horrible y que está loca. Su padre siempre estuvo au­sente. En su adolescencia tuvo que ser hospitalizada a causa de manías persecutorias o de crisis psicóticas en las que creía ser la Virgen María o estar poseída por espíritus. Los psicofármacos y los tratamientos psiquiátricos clásicos sólo habían logra­do que desaparecieran los trastornos de personalidad, pero dieron lugar a esa especie de sombra negra que la perseguía, imagen que su madre le había inculcado desde que era niña.

Ella nos cuenta que su madre se viste siempre con un abri­go negro. Para liberarla de su influjo, le decimos que se dé un masaje por todo el cuerpo con una foto de su madre, que lue­go se vista con sus ropas, sobre todo el abrigo negro, y que pa­see toda la mañana por donde su madre lo hace regularmen­te. Al mediodía (momento en que el sol, símbolo paternal, está en su apogeo) debe quemar esas ropas, hacer un paquete con las cenizas y lanzarlas al Sena sin mirar hacia atrás. Luego, ha de ir a comer su pastel preferido y hacerse unas fotos, en las que podrá comprobar que no había ninguna sombra siguién­dola.

Desde ese momento no necesitó tomar más medicamentos, pues desapareció la angustia que tenía. Semanas después dejó la casa de su madre para ingresar en un convento, desde don­de me escribe regularmente para decirme que se encuentra muy feliz. Había olvidado decirme que el pastel que se comió después de tirar las cenizas de la imagen de su madre era un pastel que llaman «religiosa», en francés.

12. Un niño de 8 años que acude a un centro de hospitali­zación diurna para infantes con conflictos de tipo psicótico, se queja porque siente una enorme angustia ligada a su cuerpo, en especial ganas de arrancarse los ojos o clavarse un cuchillo, pero sobre todo porque tiene una pesadilla recurrente que no lo deja dormir, en la que se le aparece un monstruo que lo quiere devorar. La única manera que él ha encontrado para calmarse es acostarse en la cama de su madre, pero eso per­turba las relaciones familiares.

A través de las entrevistas con el niño y sus padres, nos en­teramos de que éste había sido víctima de abusos sexuales por parte de un medio-hermano mientras se encontraban en la ca­sa de la madre del niño, ya que sus padres están divorciados. Él se había sentido muy desprotegido por ella, ya que había su­frido los abusos en repetidas ocasiones estando la madre en ca­sa, aunque ella no se había percatado.

Durante un largo tiempo, a este hermanastro se le prohibió permanecer en el municipio donde vivía nuestro consultante. Las angustias volvieron durante una visita ilegal que aquél hi­zo a su familia, encubierto por el padre. Comprendimos que el trauma vivido volvía a florecer, y sobre todo el sentimiento de desamparo en relación a sus padres.

Como el niño en cuestión, durante el tratamiento, comen­zaba a manifestar un gran interés por la botánica y la germi­nación de plantas en general, le propusimos el siguiente acto a sus padres y a él: debía pedir al padre que le regalara una se­milla de una planta que diera frutos y que la madre preparara la tierra que sembrar en un macetero. El niño debía confec­cionar con plastilina el monstruo que lo perseguía en sueños. Luego, la madre debía acompañar al niño mientras éste ente­rraba el monstruo insultándolo y colocar sobre él la planta.

Inmediatamente después del acto las angustias desapare­cieron y el niño ha ido desarrollando una gran capacidad cognitiva, destacando su excelencia en todas las ramas, especial­mente en ciencias naturales. Ha recuperado la confianza y ya no necesita dormir con su madre. El uso de la plastilina le ha permitido modelar y dar cuerpo a las imágenes que lo aterro­rizaban, y eso ha apaciguado su angustia. La transmisión de la capacidad de reproducción, por parte del padre, al hacerle en­trega de la semilla (los frutos representan los ojos), y el hecho de enterrar el monstruo perseguidor -una representación del hermanastro que abusó-, han hecho que la cólera contenida se transforme en una corriente creativa, despertando la curio­sidad intelectual y la capacidad de creación en nuestro con­sultante.

Por. Martín Bakero

Un comentario el “Tratamiento psicomagico de las psicosis.

  1. Hola, mi nombre es Sofia, temo que mi madre sufra de psicosis porque imagina que muertos la ven y le dicen cosas, que vampiros la vienen a visitar por la noche. No siempre esta hablando de eso, pero de vez en cuando le vienen como crisis y habla cosas sin sentido. Qué puedo hacer para ayudarla? O qué acto psicomágico podría ayudarla a superar esa psicosis y volver a encontrar felicidad en la vida?

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